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MaMá: el ensayo kirchnerista que busca poder, pero todavía no encuentra un proyecto de país

Entretenimiento de costa a costa

La política argentina vuelve a ofrecer un espectáculo conocido: dirigentes que discuten candidaturas, ensayan alianzas y miden fuerzas, mientras la sociedad espera respuestas. La versión de una fórmula Massa-Máximo Kirchner, bautizada en las redes como “MaMá”, puede ser apenas un rumor. Pero también funciona como una radiografía de las dificultades que atraviesa el kirchnerismo para reconstruir una alternativa de poder.

¿Estamos ante una fórmula posible o frente a otro globo de ensayo para medir reacciones, condicionar adversarios y ordenar la interna? Por ahora, no hay confirmación. Sin embargo, el solo hecho de que semejante posibilidad genere semejante repercusión demuestra hasta qué punto el peronismo sigue atrapado en su propia disputa por el liderazgo.

Sergio Massa, derrotado en el balotaje de 2023, y Máximo Kirchner, representante de una conducción familiar que todavía pretende conservar la última palabra, difícilmente puedan construir una candidatura competitiva solamente apelando a sus nombres, sus estructuras o los acuerdos de aparato. La política argentina ha cambiado, aunque algunos dirigentes parezcan empeñados en actuar como si nada hubiera sucedido.

El problema del kirchnerismo no es solamente quién será candidato. Es por qué una parte de la sociedad debería volver a confiar en él.

Cristina Kirchner continúa siendo una figura central de ese espacio, pero su capacidad para ordenar la interna no equivale automáticamente a capacidad para ganar una elección nacional. Lo mismo vale para Massa y para Axel Kicillof, quien busca construir su propio camino sin quedar subordinado a una conducción que puede limitar sus aspiraciones.

Y aquí aparece otra incógnita: ¿qué acuerdo podría reunirlos sin convertirse en una negociación por cargos, lugares en las listas y cuotas de poder? Porque una coalición electoral puede juntar dirigentes, pero no necesariamente sumar confianza. Dos estructuras políticas no producen, por simple asociación, una mayoría social.

Kicillof puede encontrar en esta discusión una oportunidad para diferenciarse. Pero tampoco tiene garantizado el respaldo nacional que necesitaría para convertirse en una alternativa presidencial. Gobernar la provincia de Buenos Aires y convencer al electorado de todo el país son desafíos distintos. Su eventual proyección dependerá de su capacidad para presentar un programa creíble, ampliar su base política y superar los límites de su propio espacio.

Mientras tanto, la oposición parece insistir en una estrategia demasiado conocida: concentrarse en cómo derrotar al adversario antes de explicar con claridad qué hará si llega al gobierno.

Ese es el gran vacío de la discusión política: sobran candidatos en evaluación y faltan propuestas capaces de entusiasmar a una sociedad cansada de pagar los costos de los experimentos ajenos.

¿Dónde está el plan para generar empleo privado? ¿Cómo se recuperará el poder adquisitivo sin regresar a una espiral inflacionaria? ¿Qué modelo productivo permitirá reducir la pobreza de manera sostenible? ¿Cómo se impulsarán las economías regionales y se garantizará que provincias como Entre Ríos dejen de ocupar un lugar secundario en las grandes decisiones nacionales?

Esas respuestas valen mucho más que cualquier bautismo electoral. Porque el país no necesita una fórmula ingeniosa para las redes sociales: necesita una dirigencia que pueda explicar cómo piensa gobernar, con qué recursos, con qué prioridades y con qué compromisos.

La versión MaMá expone, además, una contradicción difícil de disimular. Si la propuesta consiste en volver a reunir nombres asociados a una etapa política que dejó profundas controversias, ¿cómo se pretende conquistar a quienes se alejaron del kirchnerismo precisamente porque no encontraron respuestas en aquella experiencia?

La nostalgia puede conservar militantes. La estructura puede sostener candidaturas. La disciplina partidaria puede ordenar una interna. Pero ninguna de esas herramientas reemplaza la credibilidad perdida.

Y tampoco alcanza con confiar en que los problemas económicos o sociales del Gobierno producirán, por sí solos, una transferencia automática de votos. El descontento no tiene dueño. Puede transformarse en apoyo a una alternativa, en abstención o en rechazo a toda la dirigencia tradicional.

Querer que al Gobierno le vaya mal no es lo mismo que demostrar que se puede gobernar mejor. Esa diferencia debería ser el punto de partida de cualquier proyecto que aspire a conducir la Argentina.

Si la fórmula MaMá llegara a superar el terreno del rumor, tendría que demostrar mucho más que la capacidad de reunir a Massa y Máximo Kirchner. Debería explicar qué aprendió el peronismo de sus derrotas, qué errores no volverá a cometer y qué propone para un país que ya no puede vivir de promesas, enfrentamientos y disputas interminables.

Y si la estrategia fuera construir un acuerdo con Kicillof, la pregunta sería todavía más exigente: ¿se trata de una convergencia programática o de una maniobra para impedir que el gobernador construya una alternativa por fuera del control de Cristina y Máximo?

No hay que confundir una operación política con un proyecto de país. Tampoco una candidatura con una mayoría social.

La Argentina que viene necesita discutir producción, trabajo, educación, seguridad, equilibrio fiscal, inversión y federalismo. Necesita dirigentes dispuestos a asumir costos, reconocer errores y presentar soluciones verificables. Lo demás es escenografía electoral.

Mi conclusión es clara: si el kirchnerismo vuelve a creer que la solución pasa por cambiar las piezas sin revisar el tablero, puede terminar repitiendo la historia que pretende dejar atrás.

MaMá puede ser un rumor, un ensayo o una posibilidad que hoy se discute en los pasillos de la política. Pero hay una certeza que ningún armado electoral debería ignorar: los argentinos no están obligados a elegir entre un presente difícil y un pasado conocido.

La oposición tiene derecho a disputar el poder. Lo que todavía debe demostrar es que tiene una propuesta superadora.

Porque una cosa es intentar desplazar a quien gobierna y otra, infinitamente más difícil, es convencer a la sociedad de que se está preparado para reemplazarlo.

La Argentina no necesita una nueva fórmula para volver al poder. Necesita una fórmula para salir adelante. Y esa, hasta ahora, sigue siendo la gran deuda de buena parte de su dirigencia política.

ANLitoral