Es fácil culpar al gobierno de turno. Lo difícil es reconocer que nadie planificó el futuro económico de la ciudad.
Por Alejandro Monzón – Análisis Litoral
Los casi 500 despidos registrados durante 2026 en el comercio de Concordia constituyen un dato alarmante que nadie debería minimizar. Detrás de cada baja laboral hay una familia que pierde ingresos, un comercio que deja de sostener su estructura y una ciudad que continúa debilitando su ya frágil economía. Sin embargo, frente a este escenario aparece una pregunta que pocos se animan a formular: ¿realmente esta crisis comenzó con el actual gobierno nacional o simplemente terminó de exponer un problema que lleva décadas incubándose?
Si la respuesta fuera que todo empezó hace apenas dos años, alcanzaría con cambiar un presidente para que Concordia recuperara su dinamismo económico. Pero la realidad demuestra exactamente lo contrario. Desde hace mucho tiempo la ciudad encabeza los indicadores más preocupantes del país: pobreza, indigencia, empleo informal, salarios deprimidos, dependencia del Estado y una inversión privada prácticamente inexistente. Nada de eso nació con la actual administración nacional. Es la consecuencia de cuarenta años de ausencia de una verdadera política de desarrollo.
Una economía con poco dinero para demasiada gente
Existe un aspecto estructural del que casi nadie habla y que resulta fundamental para comprender lo que hoy sucede. Concordia es una ciudad con un volumen de dinero circulante extremadamente bajo en relación con la cantidad de habitantes que sostiene, incluyendo una amplia periferia que también depende de su actividad comercial. La economía local se alimenta principalmente de salarios públicos, jubilaciones, programas sociales y un reducido sector privado tradicional. En otras palabras, el mismo dinero debe repartirse entre cada vez más personas.
Cuando el circulante es escaso, el consumo inevitablemente cae. Si el consumo disminuye, los comercios venden menos; cuando venden menos, comienzan a reducir personal y, finalmente, algunos terminan cerrando sus puertas. No existe ninguna fórmula mágica para evitar ese proceso. Mientras otras ciudades generaron nuevas fuentes de riqueza mediante industrias, tecnología, logística, exportaciones o servicios de alto valor agregado, Concordia continuó dependiendo casi exclusivamente del consumo interno. Ese modelo terminó agotándose.
El sindicalismo también debe hacer su autocrítica
Escuchar hoy al sindicalismo reclamar por la pérdida de puestos de trabajo resulta absolutamente válido. Lo que no puede omitirse es una reflexión mucho más profunda sobre el papel que esas organizaciones desempeñaron durante las últimas décadas. Defender el salario siempre fue una bandera legítima, pero defender al trabajador también implica preguntarse qué tipo de empleo tendrá la ciudad dentro de veinte años.
¿Cuántas veces se impulsó desde los gremios un verdadero plan de reconversión laboral? ¿Cuántas oportunidades se promovieron para capacitar trabajadores en nuevas tecnologías, oficios modernos o actividades vinculadas a la economía del conocimiento? ¿Cuántas veces se exigieron políticas destinadas a incrementar el Producto Bruto Local en lugar de limitar la discusión únicamente a las paritarias? Lamentablemente, esa agenda casi nunca existió y hoy la ciudad paga el costo de haber pensado siempre en la coyuntura y muy pocas veces en el futuro.
Las instituciones empresarias tampoco estuvieron a la altura
Sería injusto concentrar todas las responsabilidades en la dirigencia política. Las instituciones empresarias de Concordia tampoco lograron convertirse en el motor de transformación que la ciudad necesitaba. El Centro de Industria y Comercio mantuvo históricamente una relación demasiado complaciente con los distintos gobiernos de turno, sin ejercer la presión institucional que sí desarrollan entidades similares en ciudades con mayor crecimiento.
Algo similar ocurrió con ASODECO, una organización creada precisamente para promover el desarrollo económico regional. Con el paso del tiempo perdió protagonismo y dejó de liderar las discusiones estratégicas que alguna vez justificaron su existencia. Mientras en otras localidades las cámaras empresarias impulsaban parques industriales, incentivos fiscales, infraestructura y programas de innovación, en Concordia predominó una actitud más cercana al acompañamiento institucional que a la exigencia de políticas públicas concretas.
Nunca se preparó a la ciudad para crear empresas
Quizás el error más grave haya sido otro: nunca se construyó un ecosistema que enseñara a generar empresas. Mientras numerosas ciudades desarrollaban incubadoras de emprendimientos, polos tecnológicos y programas permanentes para emprendedores, Concordia continuó esperando que el empleo proviniera casi exclusivamente del Estado o de los comercios tradicionales.
Una incubadora de empresas habría permitido ofrecer capacitación empresarial, asesoramiento jurídico, asistencia contable, mentorías, financiamiento inicial, redes de contacto y herramientas para adaptarse a los cambios tecnológicos. En definitiva, habría formado empresarios capaces de sobrevivir en una economía cada vez más competitiva. Muchos de quienes hoy bajan definitivamente sus persianas jamás recibieron ese acompañamiento.
El comercio cambió y muchos nunca lograron adaptarse
También cambió profundamente el consumidor. Las plataformas digitales modificaron para siempre la manera de comprar. Hoy cualquier vecino puede adquirir un producto desde su teléfono celular y recibirlo pocas horas después en su domicilio. Ya no se trata solamente de Mercado Libre; existen decenas de plataformas, redes sociales y sistemas logísticos que transformaron los hábitos de consumo.
Las nuevas generaciones comparan precios en segundos, utilizan billeteras virtuales, buscan promociones permanentes y priorizan la comodidad. Muchos pequeños comerciantes concordienses nunca lograron adaptarse a esa nueva realidad. No necesariamente por falta de capacidad, sino porque nadie los preparó para competir en un mercado completamente diferente al que conocían.
Una recorrida por la ciudad alcanza para entender la crisis
No hacen falta estadísticas para advertir la gravedad del problema. Basta recorrer los distintos corredores comerciales de Concordia para encontrar locales vacíos, carteles de alquiler, vidrieras cerradas y emprendimientos que desaparecieron después de muchos años de trabajo.
Lo mismo ocurre con algunos espacios creados para ordenar la actividad comercial informal, como mercados populares, patios de compras o ferias permanentes. El caso de Las Palmeritas resulta particularmente simbólico. Comerciantes asfixiados por alquileres incompatibles con la realidad económica, sin incentivos para atraer consumidores y con una demanda cada vez menor terminan abandonando sus locales porque simplemente los números dejaron de cerrar.
El Estado municipal tampoco facilita producir
Mientras tanto, abrir un comercio continúa siendo una tarea compleja. Trámites administrativos, habilitaciones extensas, múltiples tasas municipales y una pesada carga burocrática terminan desalentando a quienes desean invertir. Si Concordia pretende recuperar el empleo privado, deberá comenzar por facilitar la actividad económica y dejar de tratar al emprendedor como si fuera únicamente un contribuyente al que hay que cobrarle más.
La energía también debería formar parte del debate
Cualquier verdadero plan de recuperación económica debería incorporar una discusión seria sobre el costo energético. Resulta difícil imaginar un proceso de desarrollo cuando producir o mantener un comercio abierto implica afrontar tarifas que reducen la competitividad local. Concordia debería reclamar un esquema energético diferencial que contemple su realidad económica y social. No como un privilegio, sino como una herramienta para recuperar competitividad, atraer inversiones y generar empleo genuino.
Buscar un único culpable también es una forma de ocultar responsabilidades
Es sencillo responsabilizar exclusivamente al gobierno nacional. También resulta políticamente rentable para muchos dirigentes y funcional para determinados sectores periodísticos que durante décadas guardaron silencio frente al deterioro estructural de la ciudad. Pero esa explicación es incompleta. Si el problema fuera únicamente la política económica actual, Concordia no encabezaría desde hace tantos años los índices de pobreza de la Argentina.
La realidad demuestra que existen responsabilidades compartidas. Políticas, sindicales, empresariales, institucionales y también sociales. Durante demasiado tiempo todos discutieron cómo administrar la pobreza, pero muy pocos debatieron seriamente cómo generar riqueza.
El gran ausente: un Observatorio Económico Regional
Resulta incomprensible que una ciudad con semejantes niveles de pobreza nunca haya creado un Observatorio Económico Regional. Una herramienta técnica e independiente permitiría conocer con precisión cuántas empresas nacen y desaparecen cada año, cuánto dinero circula realmente, qué sectores generan empleo, cuáles se encuentran en retroceso y cuáles ofrecen oportunidades de crecimiento.
Esa información debería ser pública y actualizarse de manera permanente para orientar decisiones de gobiernos, empresarios, universidades y organizaciones sociales. Varios intendentes tuvieron la posibilidad de impulsarlo y ninguno lo hizo. Tal vez porque medir con objetividad también obliga a asumir responsabilidades.
La reconstrucción empieza diciendo la verdad
Concordia atraviesa uno de los momentos económicos más delicados de su historia reciente. Sin embargo, reducir toda la discusión a una pelea entre oficialismo y oposición nacional implica volver a repetir el mismo error que nos condujo hasta aquí. La ciudad necesita una verdadera rehabilitación económica basada en acuerdos de largo plazo entre el Estado, el sector privado, las instituciones educativas, los trabajadores y la sociedad civil.
Seguir administrando pobreza ya no alcanza. Es momento de comenzar a producir riqueza. Porque si dentro de otros diez años continuamos buscando un nuevo culpable sin revisar las responsabilidades acumuladas durante las últimas cuatro décadas, el resultado volverá a ser el mismo: más comercios cerrados, más empleo perdido y una ciudad resignada a convivir con una pobreza que nunca decidió enfrentar en serio.
"Las ciudades no son pobres por casualidad. Se vuelven pobres cuando dejan de pensar en el futuro y se conforman con administrar el presente."

Por Alejandro Monzón
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